Las cosas entre ellas dejaron de tener sentido, ambas sabían que los paraísos no duran toda la vida. Y ése día Alice se dio cuenta de que su sonrisa ya no se dibujaba en su rostro. El cruce de dedos en señal de victoria dejó de simbolizar la unión armoniosa entre ambas, gritarle al resto que tenían algo en común, que se amaban en secreto, que eran ellas, las amigas, las mejores, las amantes. Quizás la envidia de otras, la razón por a que los días de humedad parecían más hermosos que los de verano. Secretos en el colchón, abrazadas por las mañanas, tomando del mismo café, ahogadas en poemas infantiles, acuarelas y recortes tontos. Todo eso que las unía, hoy quedaba en un precavido y asqueado secreto porque Alice vio en la foto de su amante la mirada de alguien más, los dedos entre cruzados, los anillos de la maldad.
Creía, en verdad, que era posible ganarle a una vibora que se enrosca en los pantanos de la sexualidad desbordada. ¿Por qué lo imaginó tan fácil? ¿Imaginó nadar tanto tiempo en esas aguas si hartarse un poco? , sin la necesidad de ahogarse y dejarse llevar en días de ruina e insatisfacción. Ahora Alice sabía qué esperar. O qué debía de hacer si deseaba otra sonrisa o despertar otra mañana en sus brazos. Joana no era una persona fácil de amar. Y desde hace meses se venía dando cuenta de ello.
Aún así, sabiendo que la veía como un juego del momento, como una gran estúpida a quien manipular decidió ir a la fiesta de aniversario de Joana, porque no podía resistirse al color almendrado de sus ojos y a sus impresionantes pechos, que noches atrás, del mismo año en curso, beso y succionó a escondidas, en uno de esos pocos portales en los que ella dejó abierta la puerta, presa de la decepción y la falta de deseo. Un pastel, torpemente adornado con decorados lunares estaba sobre la mesa. Ella la recibió con la sonrisa de quien se siente satisfecha y ni siquiera sabe decir gracias. Con el dolor en el corazón, como una colmena.